Cuando el dolor nos interpela: un llamado a no mirar para otro lado

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La reciente sucesión de suicidios ocurridos en Rawson ha generado una profunda conmoción en la comunidad. Familias, amigos, compañeros y preguntas que muchas veces quedan sin respuesta.

Frente a esta realidad, distintas voces comenzaron a coincidir en una misma invitación: dejar de mirar para otro lado y construir una comunidad capaz de escuchar, acompañar y sostener a quienes atraviesan momentos de sufrimiento.

La preocupación también fue expresada públicamente por autoridades y organizaciones de la ciudad, que alertaron sobre la necesidad de abordar la problemática desde una mirada integral, involucrando a las familias, las instituciones, los profesionales y a toda la comunidad.

Hablar salva

En su participación en el programa Donde Estás Vos, Virginia Rizzardi, integrante de la organización Buenos Vínculos, compartió el camino que inició junto a otras familias luego de la muerte de su hijo Jerónimo.

Lo que comenzó como una búsqueda personal de acompañamiento se transformó con el tiempo en un espacio de contención para familias atravesadas por el suicidio y en una tarea constante de prevención y sensibilización comunitaria.

Una de las convicciones que atraviesa su trabajo es clara:

“Hablar del suicidio salva vidas”.

Lejos de alimentar el miedo o el silencio, la experiencia demuestra que abrir espacios de diálogo permite reconocer señales de sufrimiento, pedir ayuda a tiempo y acompañar a quienes atraviesan situaciones críticas.

Virginia recordó además una idea que se repite entre quienes trabajan en prevención:

“La persona no quiere morir; quiere dejar de sufrir”.

Comprender esa diferencia permite acercarse al otro con más empatía y menos prejuicios.

Nadie debería atravesar el dolor en soledad

En los últimos días, el presbítero Luis Jesús Ibáñez Cardenas, responsable de las comunidades católicas de Rawson, compartió un mensaje dirigido especialmente a quienes están atravesando momentos difíciles.

“Muchas familias han perdido a sus seres queridos”, expresó al comenzar su reflexión, reconociendo el dolor que atraviesa a la ciudad.

Su invitación fue sencilla pero profunda: buscar ayuda, acercarse a quienes puedan acompañar y no permanecer solos frente al sufrimiento.

El sacerdote destacó la importancia de los profesionales de la salud mental, del acompañamiento espiritual y de las redes afectivas que pueden sostener a una persona cuando siente que ya no puede más.

“La solución no es la muerte”, afirmó, recordando que siempre existe la posibilidad de ser escuchado y acompañado.

Una comunidad que aprende a cuidar

Tanto desde los espacios de prevención como desde las comunidades de fe aparece una misma certeza: nadie puede cargar solo con el peso de su dolor.

La prevención del suicidio no es una tarea exclusiva de especialistas. También involucra la capacidad de construir vínculos más humanos, de preguntar genuinamente cómo está el otro, de generar espacios donde el sufrimiento pueda expresarse sin miedo y de animarse a pedir ayuda cuando las fuerzas no alcanzan.

En tiempos donde muchas personas experimentan soledad, angustia o pérdida de sentido, el desafío es volver a construir comunidad.

Porque detrás de cada historia hay una vida valiosa.

Porque el silencio muchas veces aísla, pero la palabra acerca.

Y porque, como recordó el Padre Luis, siempre debe existir una puerta abierta, una escucha disponible y una comunidad capaz de hacer sentir a quien sufre:

“No estás solo”.

El desafío de volver a encontrarnos

La preocupación por la salud mental también invita a mirar algunos rasgos de la cultura actual.

Vivimos en una época donde nunca fue tan fácil estar conectados y, al mismo tiempo, tantas personas experimentan la soledad. Mostramos fragmentos de nuestra vida a cientos de personas, pero muchas veces nos cuesta compartir lo que realmente nos pasa con alguien de confianza.

Los vínculos rápidos, la lógica de lo descartable y la búsqueda constante de aprobación pueden generar mucho ruido, pero no siempre construyen pertenencia. Y cuando llegan los momentos difíciles, muchas personas descubren que tienen contactos, seguidores o conversaciones, pero no necesariamente alguien con quien sentarse a hablar desde el corazón.

Por eso, la prevención también pasa por animarnos a construir relaciones profundas. Amistades capaces de escuchar, de acompañar, de sostener procesos largos y de permanecer presentes incluso cuando no tienen respuestas para ofrecer.

La tradición cristiana siempre entendió la amistad como mucho más que compartir tiempo. Es elegir caminar junto a otro, cargar parte de sus preocupaciones y ayudarlo a descubrir que su vida tiene valor.

En una cultura que muchas veces invita a definirse por lo que se tiene, por la imagen que se proyecta o por la aceptación que se recibe, el Evangelio propone una pregunta diferente: ¿para qué estoy en este mundo? ¿Qué puedo aportar a la vida de los demás? ¿Quién me necesita?

Porque el sentido no suele encontrarse mirándose únicamente a uno mismo. Muchas veces aparece cuando alguien descubre que puede amar, servir, acompañar y ser parte de una comunidad.

Quizás uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo sea justamente ese: pasar de la conexión a la comunión, del contacto al encuentro, de las pantallas al cara a cara.

Y volver a aprender algo tan simple como revolucionario: mirar, escuchar y estar presentes en la vida de los demás.

«Hoy muchos muestran todo a todos, pero no le cuentan lo que sienten a nadie.»