Una caminata, una nueva imagen y el llamado a descubrir qué podemos aportar

misa al aire libre en peregrinación

Más de 300 personas participaron de la caminata diocesana que llegó hasta cercanías de punta Arco, junto a la imagen de San Francisco de Asís, donde se celebró la Eucaristía en la posible locación del futuro monasterio diocesano, de vida contemplativa. En su homilía, el Padre Obispo Chobi invitó a reconocer los dones que Dios regaló a cada uno y ponerlos al servicio de los demás.

Más de 300 personas participaron este domingo de “Caminamos con San Francisco”, la peregrinación diocesana que partió desde la Parroquia Sagrado Corazón de Jesús y llegó hasta la posible locación del futuro monasterio diocesano, en Puerto Madryn.

Jóvenes, familias y miembros de distintas comunidades realizaron juntos el recorrido que culminó con la eucaristía, junto a la imagen de San Francisco llegada desde Asís; y renovar nuestro compromiso por construir la paz y custodiar la creación.

La jornada se realizó en el marco de los 800 años de la muerte de San Francisco de Asís y significó también un nuevo paso en el camino que comienza a desarrollarse en nuestra diócesis para la vida contemplativa.

¿Qué tenemos para aportar?

Durante la homilía, el Padre Obispo Roberto “Chobi” Álvarez recuperó la figura de Francisco para detenerse especialmente en los dones y carismas que Dios regala a cada persona.

Francisco, Clara, Benito y Domingo de Guzmán encontraron maneras diferentes de vivir su vocación y servir. Esas diferencias, señaló Chobi, no tienen por qué convertirse en competencia: “ningún carisma se anula, ningún carisma compite”. Cada uno está llamado a aportar su propio fruto a una vida mucho más grande.

Desde allí, el Obispo dejó una pregunta para cada uno y para nuestra Iglesia diocesana:

“¿Qué hay de mí, qué hay adentro, que Dios me ha regalado para el acá y el ahora de esta Iglesia que peregrina en el Chubut, en Rawson, en Trelew, en Puerto Madryn, en el Valle?” 

Una invitación a reconocer aquello que cada uno recibió y que necesita ser puesto al servicio de los demás: “Si yo lo opaco, si yo lo tapo, no brilla; si yo no lo entono, no canta”, expresó. 

Francisco y una Iglesia que se transforma desde adentro

Chobi recordó también que el camino de Francisco estuvo atravesado por búsquedas, dificultades y momentos en los que tuvo que aprender incluso a soltar aquello que consideraba su propia obra.

Retomando un relato de la tradición franciscana, recordó un momento de crisis en la vida del santo, cuando aquello que había construido parecía tomar un rumbo diferente al que había imaginado. En ese contexto, Francisco comprende una llamada más profunda: “Llegó el momento de que sea tu opción Yo y no mis obras. Soltar las obras que no son tuyas”. 

El Obispo destacó además que Francisco no buscó transformar la Iglesia colocándose enfrente de ella, sino descubriendo aquello que podía aportar desde adentro. Su sencillez y su pobreza se convirtieron en un don para toda la Iglesia.

En la homilía apareció también la figura de Santo Domingo de Guzmán. Dos caminos diferentes —el estudio y la palabra por un lado; la pobreza y los pies descalzos por otro— que terminaron aportando a la renovación de una misma Iglesia. 

Que nuestro fruto sea dulce

La imagen del fruto atravesó buena parte de la reflexión. Chobi invitó a descubrir aquello particular que Dios sembró en cada persona: ese don capaz de alegrar y hacer más fácil la vida de los demás y que, muchas veces, cuesta reconocer en uno mismo. 

Pero junto con reconocerlo aparece también otro desafío: comprender que ese don no nos pertenece exclusivamente ni fue recibido para beneficio propio.

“Ojo con creer que es tuyo, porque no es tuyo. Ojo con querer beneficiarte de ese fruto porque no es para vos.” 

La caminata terminó así frente a la nueva imagen de San Francisco, pero dejó abierta una pregunta para seguir caminando como diócesis: ¿qué recibió cada uno para aportar, acá y ahora, a la vida de los demás?

La presencia de San Francisco en el Predio Ecológico Diocesano queda también como una invitación a reconocer esos dones, compartirlos y procurar que aquello que recibimos de Dios pueda convertirse, en palabras de Chobi, en “fruto dulce” para los demás.